jueves, 11 de septiembre de 2014


La playa, aquella de la que no puedo dejar de volver; esta vez tenía una trampa escondida entre una de las montañas.

Había acabado el verano, pero aún se mantenía ese calor que provocaba el deseo de adentrarse en el agua. Fui sola, necesitaba desconectar un poco de la sociedad y de todo lo que conllevaba la responsabilidad adulta. No quería ver ni oír a nadie, solo escuchar el ruido de las olas acariciando de un lado a otro la arena, mojándola para que no se secara con el abrasador calor que desprendía el sol aquella tarde.

Todo parecía estar en calma. Me acuesto sobre la toalla con la cabeza hacia arriba, entornando los ojos para poder ver la silueta de las nubes.


Tras recobrar la desconexión de mi alrededor, siento una enorme avalancha de gente correr desde una punta de la playa hacia la otra, desesperada, huyendo de alguien o algo. Estaba dormida, y aún me costaba concienciarme de lo que estaba sucediendo a mi alrededor y reaccionar a tiempo. Noté como la avalancha se abalanzaba sobre mí, pisando todo mi cuerpo, golpeándome, desplazándome por el suelo, arrastrándome, pero no me dolía.


Después de la gran avalancha me alcanzó un señor muy alto, no podía reconocer su cara a causa de los luminosos rayos de sol que me cegaban. Repentinamente, aquel hombre sacó algo punzante de su bata y me lo clavó en mi pierna derecha. Podía sentir el dolor y el deslizamiento de aquel líquido por mis venas, y quedé inconsciente.


No recuerdo cuanto tiempo estuve dormida, sedada, en coma, o incluso muerta; pero desperté. Me encontraba en una sala aislada del mundo real, con ventanas con cristales transparentes donde podía contemplar a la gente de la playa, pero ellos no podían verme a mí. Miré todo mi cuerpo para ver si tenía algún cambio físico, mutación, si me habían extraído algún hueso, músculo, pero estaba intacta. Aunque había algo que me sorprendió y atemorizó a la vez. Tenía tatuado, en el lugar donde me habían inyectado aquel líquido tan extraño que sentí desplazarse en mis venas de la pierna, el número 45, visible para todos. Pude ampliar mi visión y contemplé a más personas, igual que yo vestidas, con bata blanca, y un número tatuado en la pierna.


¿Dónde estaba? ¿Qué querían de mí? ¿Qué me habían inyectado? ¿Estaba muerta? Eran las preguntas que me bloqueaban todo pensamiento racional. Decidí andar un poco, pero no podía hacerlo erguida, tenía la espalda llena de cadenas que bloqueaban mis movimientos, los ralentizaban. No podía huir de ahí.


Me senté en uno de los asientos que estaban situados frente a los cristales, junto a las víctimas de lo que nos rodeaba y desconocíamos. Intenté hablar, pero las palabras bloqueaban mi garganta, bloqueándome y tosiéndolas. Así que comencé a susurrar, a preguntarle a las demás víctimas si tenían conocimiento de donde nos encontrábamos. Eran seres pálidos, como yo, a las que también le habían inyectado un líquido con su respectivo número, no sabíamos qué significaban los números, ni siquiera sabíamos porqué nos habían elegido a nosotros.


La imagen que veíamos desde los cristales estaba congelada. El sol no se escondía, seguía alumbrando fuera, en la playa, con niños corriendo hacia delante y hacia atrás esquivando las olas. Nosotros, en cambio, estábamos congelados, lo que ralentizaba aun más nuestros movimientos.


Disimulé estar dormida hasta que todos los vigilantes altos de bata blanca desaparecieron, y aproveché su descanso para intentar adentrarme en las diferentes salas en busca de alguna explicación razonable, de qué estaba compuesto ese líquido, y porqué del numero tatuado. Junto a dos víctimas más, encontramos una sala también acristalada con bolsas de sangre y números. En la puerta estaban escritos todos nuestros nombres, con nuestro número, y palabras borrosas que no conseguíamos leer. Y más abajo, pude descifrar lo que había escrito. Nos habían inyectado enfermedades que nos harían inmunes a las enfermedades de la humanidad, otras nos podían hacer morir en segundos, otras en minutos, otras en horas, otras en años, y otras nunca.


Asustadas, comenzamos a buscar nuestros respectivos números. Cuando estaba a punto de llegar al número 45 escuché un gran golpe, como la caída de un objeto.


Desperté,

Se me había caído el movil al suelo porque no había desactivado la alarma.

Miré todo mi cuerpo, me levanté corriendo y me miré al espejo.

Todo estaba normal.

Otras de mis pesadillas.

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